sábado, 9 de agosto de 2014

Mi experiencia en el 28 Cross Subida al Santuario de Santa María Magdalena

En esta entrada, quiero compartir con vosotros mi experiencia como corredor del 28 Cross Subida al Santuario de Santa María Magdalena. El pasado sábado corrí por primera vez esta carrera tan popular. Una prueba que va por su edición número 28 y que, año tras año, se supera en cuanto a participación y organización. El Club Atlético Novelda Carmencita consigue, con la ayuda de varias entidades, sacar adelante este evento. Ni la crisis ni los recortes pueden frenarla.

Desde pequeño he asistido a esta prueba como espectador, siempre que he podido. Mi visión de los atletas que participaban siempre ha sido muy positiva. Para mí eran auténticos valientes que tenían el valor de correr 12 kilómetros, en pleno mes de agosto, de los cuales algo más de la mitad transcurren por repechos y rampas de subida. Recuerdo que un año me puse a ver la carrera en la primera rampa dura de subida al castillo (donde ya se ve el cartel del 13%) y pude apreciar el esfuerzo reflejado en el rostro de muchos atletas.

Un día me planteé dejar de ser espectador para ser participante de esta prueba. A raíz de ahí, comencé a entrenar para poder acabar esta carrera. Pensé que no tendría ningún sentido correrla sin contar con una preparación adecuada, tanto física como psicológicamente. Desde el primer día tuve en mente un único objetivo: acabar la carrera. Y, para ello, siempre que podía entrenaba por el circuito habitual del Cross Subida al Santuario. De esta forma conseguiría conocerlo mejor y adaptar mi resistencia y/o fuerzas a la prueba.

Hasta que llegó el gran día. Acudimos vestidos de corto a la pista de atletismo, como se suele decir, yo y mi compañero Aarón Pérez (colega de profesión y compañero en la radio). En los minutos previos al pistoletazo de salida me sentí tranquilo, sin presión ni preocupaciones. Fueron minutos en los que, como viene siendo habitual en todo corredor, aproveché para estirar y calentar. Cuando nos dieron la salida, fui arrancando poco a poco: no me interesaba apretar desde el principio y la aglomeración de corredores no me permitía avanzar muchas posiciones hasta que alcanzáramos la carretera.

Una vez que alcanzamos la carretera paralela al río Vinalopó, vimos como la marea multicolor que formaban los corredores se iba estirando. Muchos ya habían atacado y otros trataban de seguirles el ritmo para no perder puestos en la general. Nosotros nos manteníamos a un ritmo moderado, reservando fuerzas para las rampas del 13%. El tramo que transcurre desde la pista de atletismo hasta el Paseo de los Molinos invita a llevar un ritmo elevado, pero no quise jugármela. Aún quedaban 10 kilómetros.
 
Una vez pasamos el Paseo de los Molinos, pudimos comprobar que la gente animaba desde el arcén de la carretera a todos los corredores que iban pasando. A pesar de alejarnos de “la civilización” (como diría Aarón) seguíamos encontrando gente aplaudiendo y animando conforme íbamos avanzando. Conocidos, amigos, familiares, etc, que con sus ánimos hicieron que me sintiera más motivado para acabar la prueba. A todo ello hay que sumar la buena voluntad de aquellos que nos esperaban con mangueras o aspersores para mojarnos y, de esta forma, poder aliviar el calor.

Pasados unos kilómetros, llegó la temida subida. Muchos atletas que empiezan en esto piensan que en la subida se van a “quemar” y que no van a poder acabar la carrera. Todo es cuestión de hacerla con cabeza, sin acelerar. Mantener un ritmo constante, aunque sea moderado tendiendo a bajo, hará que puedas llegar a meta. Y eso es lo que hicimos yo y mi compañero: subir a un ritmo moderado las pendientes del 13%. Si en la última pendiente nos quedaba fuerza para apretar, apretaríamos.

Una vez llegué arriba, me vi con fuerzas suficientes como para acelerar. La satisfacción que sentí cuando pisé la explanada del Santuario (donde aparcan los coches) fue increíble. Aquí sabía que lo más duro ya había pasado y que la vuelta a la “civilización” no era tan dura. Es lo que tiene conocerse el circuito. Por ello, en la bajada aceleré de tal forma que pude adelantar a otros corredores, subiendo de esta forma posiciones en la clasificación general.

Durante todo el camino que me quedaba para llegar a meta, fueron frecuentes los acelerones por mi parte. Sabía que podía acabar la carrera porque me encontraba muy bien a nivel físico y que, si me esforzaba un poco más, lo haría en 1 hora y poco. En la bajada encontré a más gente animándome e incluso ofreciéndome agua. Todo un gesto de humanidad que agradezco desde aquí.

Los kilómetros pasaban y mis zancadas me conducían al polideportivo municipal de Novelda, en concreto a la pista de atletismo donde estaba situada la línea de meta. Cuando entré en la pista de atletismo y vi que sólo me quedaba dar una vuelta a ésta, sentí que todavía me quedaban fuerzas. Por ello, volví a acelerar.

Al final conseguí el objetivo que me propuse al bajar del Santuario: acabar la carrera en 1 hora. La satisfacción que sentí al pisar la línea de meta fue increíble. Difícil de describir con palabras lo que se siente cuando ves que has acabado una prueba tan dura como esta y que, ante todo, estás bien físicamente. Sin dolores, ni lesiones ni complicaciones. El premio al esfuerzo realizado fue, sin duda, poder pisar la línea de meta y escuchar el aplauso de la gente. Un resultado que me invita a repetir experiencia al año que viene.


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